Me quedo con la opinión de que en lo vital los niños deben hacer determinadas tareas, les gusten o no, porque son parte de su desarrollo y crecimiento. Siempre podemos buscar la manera de hacerlo un poco más agradable, pero al final la decisión es suya, y si no quieren pues DEBEN de todas formas, es parte de vivir y aprender en familia.
Respecto a lo académico, primero se debe nutrir el amor y pasión por aprender que todos tenemos, antes de forzar a nada, o correremos el riesgo de que odien o se sientan fracasados si nos pasamos de la raya. Pero también hay una disciplina. El hecho de que les guste aprender no se traduce en un caminito de rosas (o sí, porque las rosas tienen espinos). Me refiero a que hay cosas que nos gustan menos (para algunos matemáticas, para otros lengua, sociales, naturales, escritura, lectura), y cosas que nos gustan más, por eso mantener las lecciones cortas, exigir atención plena, escoger lecturas interesantes, emplear juegos para las matemáticas, y darles tiempo y espacio para desarrollar sus intereses nos ayudará a poder reforzar y exigir rendimiento en lo no tan agradable, y a no ahogar ese amor por el aprendizaje sin necesidad de recurrir a artificios, premios o castigos como único recurso para aprender, sino de manera natural (si tardas más en esto te quedará menos tiempo o no llegarás a hacer lo otro).
Por eso coincido con Charlotte Mason en la formación de hábitos, lecciones cortas y alternadas (algo más físico con algo más intelectual), la satisfacción de algo bien hecho sin estímulos externos, y las consecuencias lógicas y recompensa intrínseca en lugar de los castigos o premios arbitrarios.

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