El quehacer diario es el reto sobre todo de la madre que libremente se queda en casa (y estoy pensando en esto que escribió Esther) a educar a sus hijos, aunque esta decisión supere con creces los inconvenientes. Las tareas domésticas son una monotonía muy pesada en ocasiones. Nunca terminamos ni mi marido ni yo de atender la casa, preparar comidas, limpiar cocina, barrer y fregar, lavar ropa, atender el patio, las facturas y pagos, hacer la compra...todos sabéis de qué va el asunto.
Durante el día hay que hacer el quehacer, valga la redundancia, y cuando nos ponemos a nuestras lecciones cortitas, o salimos al parque, o pintamos, etc, si no están hechas las tareas domésticas nos esperan acechantes a la vuelta. Sobre todo la comida, porque tenemos la mala costumbre de comer varias veces al día en mi casa. Y en muchas ocasiones es difícil sacar el tiempo para arreglar armarios, hacer limpieza más a fondo cuando se requiere. Por eso muchos que educamos en casa desde pronto entrenamos (o tratamos de entrenar) a los niños en esto. Y ese entrenamiento hay que estar trabajándolo contínuamente también, claro. Y además de algo más vive el ser humano que de lo puramente físico, hay que alimentar el intelecto, el espíritu, y el corazón, y eso con el trapo y fregona en mano se puede hasta cierto punto (ponemos música cuando limpiamos, conversamos cuando cocinamos, etc.), pero tiene un límite. Al menos para mí, que necesito sentarme a leer, a escribir, o a simplemente disfrutar de un té y no pensar en nada, o irnos a hacer ejercicio también, y estar con amigos, vaya, vivir una vida un poco no sólo como la hormiga ni tampoco exclusivamente como la cigarra. Pues ese es el intríngulis de educar en casa, buscar el tiempo para cultivar las distintas facetas del ser humano, atender las necesidades primordiales, pasar momentos con los hijos, con la pareja, y algunos ratos en soledad y hacerlo todo en la famosa justa medida, pesándolo en la balanza que por momentos se nos desnivela, y por momentos vuelve a su equilibrio.
Por eso es, pienso, que muchos de nosotros han abandonado blogs o lo han intentado (que no te dejamos Marvan, ¡eh!), los han hecho privados, o se han retirado una temporada y vuelven o no. De hecho este fin de semana he vuelto a ponderar el asunto del blog. No, no me voy a retirar, pero voy a volver a lo que hiciera hace unos meses con buenos resultados pero que enseguida abandoné, que fue limitar el tiempo a los jueves y viernes, quizá miércoles noche también. No hay una fórmula exacta para todos, cada uno busca la propia. A mí me funciona desconectar por completo unos días porque si no internet se me convierte en una constante (y obsesiva) interferencia. Y no quiero ni desconectar del todo, ni abandonar a mis amistades que forman parte de mi vida y tanto me ayudan en mi día a día.Y luego está la disciplina. En el Carnaval de Charlotte Mason en el blog de Amy el tema para esta entrega es ese. Amy nos sugirió unas lecturas cortas (al final de su entrada) que ya hice y que fueron muy reveladoras. Y eso, la disciplina, entendida como obediencia a la ley, no como castigo exclusivamente o como simple materia de estudio. Obediencia no mecánica como ocurre cuando hacemos lo deseado pero no por convicción si no por estímulo-respuesta, buscando premio o evitando castigo. Disciplina interiorizada por el niño, adolescente, y adulto. Entendida como obediencia y sometimiento a la ley porque es lo correcto y no como simple reacción para evitar lo indeseado (aunque esto es el comienzo), o por complacer a padre, maestro, o a otra persona (que es también un componente de la disciplina, pero no el definitivo), si no porque aceptamos y nos resulta gratificante el buscar el comportarnos honestamente y cumplir con nuestras obligaciones. Sería como estar en una tienda sin cajeros ni policía y dejar el dinero de lo comprado en la caja. Por cierto, aquí en USA a la entrada de las bibliotecas hay estanterías con libros y una huchita donde se deja el dinero de lo que te lleves. En navidad y todo el año ponemos cosas fuera que nadie roba, y muchos periódicos se venden así. O el niño que no sólo se porta cuando está el maestro o padre delante, sino que no coje lo que no debe, o hace lo que está mal cuando no tiene a ese adulto delante, o el adulto que igualmente no tiene doble moral y no aspira a que sus hijos estén ocupados en lecturas y actividades positivas, que tenga buena conducta con amigos y familiares, o que quiere que coopere en la casa cuando él mismo no lee, vaguea, habla mal de otros en privado, o participa de actividades moralmente bajas y carece de ética de trabajo y no cumple con su función en el hogar y el mundo. (Y conste que no apunto con el dedo, que estoy hablando de mí la primera).

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